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El resplandor de las montañas

En la infinita llanura el polvo  se levanta con el paso del gran convoy . Una hilera de caravanas vigilada por dos solitarias montañas, de resplandor grisáceo . D emasiado lejanas para llegar en esa noche, pero demasiado cercanas para que su influencia se sintiera. Suspiro de una frialdad pétrea que se arremolina en la mente de cada colono y comerciante. Ahogando su garganta, silenciando su murmullo, observa su paso, simplemente esperando. William Berry, un hombre tan limpio como una comadreja, con un cabello que perdió la batalla contra las canas, monta en un testarudo caballo de nombre Sultán, como único guía a la cabeza del convoy. Ya familiarizado a esa sensación, que tras más de quince años recorriendo las llanuras, se ha convertido en otro compañero de viaje. U no a tener en cuenta, ya que nunca sabe cuando se decidirá a actuar. Intuyendo que en ese momento ni el wínchester que cuelga en su espalda le servirá para evitar aquello que le tengan preparado las monta...

Capítulo 1. Un sol sobre Ainsa

  2 de noviembre de 1977, Ainsa, provincia de Huesca.    Un silencio innatural se había instalado a las afueras del pueblo aquella noche. La clase de silencio que opacaba el fluir de rio Ara y asfixiaba el viento del valle. La clase de silencio que no pertenecía a estos montes. De nada sirvió el lejano esconxurandero de la iglesia de San Salvador, ni los espantabruxas que decoraban las chimeneas, ni la cardincha que colgaba en la puerta de los Lardies. A fin de cuentas, que poder podría tener ese seco sol frente a aquellos forasteros. Idali yacía despierta en su cama, incapaz de dormir. Ya que el mundo a su alrededor se había quedado afónico, como si una presencia lo opacara, invisible para la mayoría, pero evidente para cualquier niño.  Aferrada a su ratoncillo de peluche, buscaba algún tipo de refugio en su suave amigo. Pero de poco servía, cuando su cuarto, un santuario de día, ahora era hostil a ella. Ninguna luna esa noche, ningún coche rumbo a Bol...

El Día de San Martín

En el día de San Martín los vivos festejan que el santo estuvo aquí. Los montes se desprenden de sus fríos mantos, para vestirse con colores de verano. Destronando al antiguo rey invierno para entreg arle la corona a esa bebida mágica, que transforma a los hombres en bestias y bestias en hombres. Talismán de todo mozo, ahora adeptos momentáneos del pagano dios Baco, que circulan por las calles embarradas alzando su zurrón de vino cual espada, dispuestos a enfrentarse al abstemio señor de estas tierras. Cantando como himno de batalla esa antigua copla, que dice: De San Martín ya venimos no borrachos si bebidos Ya que el Santo no mártir en Siresa durmió, en Echo lo apedrearon, en Urdués comió y en Embún descansó. Aunque eso poco le importa a los jóvenes, que una vez terminada la oración a su nuevo dios, persiguen a l as mozas del lugar,   ahora transmutadas en ninfas y encantarias. Que buscan atraerlos a un mundo salvaje, donde los montes aun pertenecen a Pirine y Hercule...