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El Día de San Martín

En el día de San Martín los vivos festejan que el santo estuvo aquí.

Los montes se desprenden de sus fríos mantos, para vestirse con colores de verano. Destronando al antiguo rey invierno para entregarle la corona a esa bebida mágica, que transforma a los hombres en bestias y bestias en hombres. Talismán de todo mozo, ahora adeptos momentáneos del pagano dios Baco, que circulan por las calles embarradas alzando su zurrón de vino cual espada, dispuestos a enfrentarse al abstemio señor de estas tierras. Cantando como himno de batalla esa antigua copla, que dice:

De San Martín

ya venimos

no borrachos

si bebidos

Ya que el Santo no mártir en Siresa durmió, en Echo lo apedrearon, en Urdués comió y en Embún descansó. Aunque eso poco le importa a los jóvenes, que una vez terminada la oración a su nuevo dios, persiguen a las mozas del lugar, ahora transmutadas en ninfas y encantarias. Que buscan atraerlos a un mundo salvaje, donde los montes aun pertenecen a Pirine y Hercules, y no a ese Santo al que cantan con devoción.

Finalizando con un gran baile, en cada pueblo, en cada plaza. Donde acuden incluso los vecinos de las más remotas aldeas, porque tal y como todos saben las danzas primitivas, el graznido de las gaitas, el constante de las panderetas y la voz de aquellos que se creen antiguos juglares, retrasa la puesta del sol.

Pero al final del día no importan los bailes y alabanzas, ya que el astro rey siempre termina cayendo en batalla. Temerosos de su partida ya que con ella  llega la noche del Santo.

Y en la noche de San Martín los muertos festejan que el santo nunca estuvo aquí.

Los montes se cubren de las ánimas, verdaderas herederas de esta tierra. Observadas por una luna pálida que ejerce de juez y testigo, para quien se atreva a a unirse a su marcha. Mientras los cortijos de muerte dejan a un lado el paso al que han estado anclados, para hacer teñir sus campanas, en las ahora calles abandonadas.

El primer donj, como recordatorio que siempre han estado aquí.

El segundo donj, como el anuncio de su fiesta y su festín.

El tercer donj, hace años olvidado su significado

Y el último donj, como promesa de que pronto los mortales los acompañaran en su mesa.

Ya que la estantigua de espectros en Siresa despertó, en Echo llamo, en Urdués cantó y en Embún bailó. Acompañados de los fantasmas de los primeros que osaron habitar estas tierras. Cuyos nombres hizo volar el tiempo y los convirtió en autenticas ninfas y encantarias, que aun recuerdan a la joven Pirene y su guardián Hercules, junto a la gran pira funeraria que representa estas montañas.

Todos reunidos en un gran baile, donde los verdaderos señores de estos valles ríen, cantan y forman extrañas parejas. Donde su resplandor danza, sus susurros hacen de gaitas, sus huesos de panderetas y su silencio de canción.

Ya que en la noche de San Martín, los muertos festejan que el Santo nunca estuvo aquí.




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